Harto de los reproches de su novia: que si síndrome de Peter Pan, que sin trabajo y sin piso no iban a ninguna parte, que si bla bla bla… cogió la maleta y bajó del coche. Y de repente se vio solo, en medio de un escenario desértico.
Sentado en su maleta, pensativo, empezó a oír a lo lejos una melodía envolvente, que embobaba los sentidos. De dónde saldría esa música divina?
Siguiendo su sonido, llegó a una especie de bosque encantado, un maravilloso vergel desde donde pudo ver a un grupo de hermosas doncellas iniciando a un joven, que, fuera de sí y borracho de gozo no paraba de jadear, en el rito de la pérdida de la virginidad. Imponentes y voluptuosas féminas imponiendo un castigo de placer a aquel recién estrenado púber.
Embebido en tal espectáculo, dispuesto a inmolarse del mismo modo por el bien de esa justificada causa, se encaminaba como hipnotizado hacia allí, cuando de repente sonó el timbrazo del maldito despertador. Hora de levantarse para ir a trabajar; el deber lo llamaba a filas…
Anhelando que morfeo le obsequiara esa noche con una segunda parte, se duchó con agua bien fría y resignado cogió su maletín y salió de casa.