¿Y qué haremos con el deseo? ¿Sofocarlo? No podremos, ¿queremos? ¿Podemos acaso? El deseo nos llena y el deseo nos llama y tienta y alimenta y el deseo llama al deseo que se fortalece a sí mismo, se enriquece en su propia pornográfica idea amorosa. Fue curioso conocerte y hasta amarte, renunciando a lo que pensaba y amaba, a lo que odiaba incluso y a lo que deseaba de veras, pero tal vez te quise, te amé. ¿Hacia dónde nos condujo? ¿Fue canibalismo? Tratar de consumir almas, trr de besar estrellas, intentar suscitar vientos que fueron tempestades y serán tormentas. Tres días sobre una roca en la que la sirena esperaba devorarme, en la que las palabras no brotan ya, porque han muerto, porque nunca existieron, porque nunca surgieron y fueron sólo eso: deseo, asqueroso y sucio, marcado, rastrero y lamentable hijo de una frustración inventada y espejo de una vida que imaginé incierta. Te deseé distinto, distinta, diferente y anónimo y anónima, te deseé constante y te deseé de otra forma más imperfecta, más clara, más humana, más divina, y deseé que fueras esa princesa que imaginaba que nunca llegué a imaginar en pesadillas de tiempo y muerte, en tiempos muertos deseados ahogados en mi vómito frío presente. Y ahora lo confieso, te deseo.

Aún.

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