
Tres metros de ancho por cuatro de profundidad. ¿La altura? No hay celda demasiado baja para un ladrón que mide 1,50.
—¿Qué coño haces tú aquí otra vez, no hay ningún bar abierto fuera? —dijo Pelopolla, el recluso con el apodo más injusto de toda la Modelo, habida cuenta de que era calvo como una bola de billar.
—Mira que tengo buena memoria —dijo Bambi—, y no me acordaba de que fueras tan gilipollas.
Se dieron uno de esos abrazos que se da la gente harta de verse siempre en el peor momento.
—¡Bienvenido! Pero, cuéntame, ¿cómo coño has vuelto tan pronto?
Levantó la vista de la prueba de embarazo y dijo:
—¿Y esto? ¡Pero si no llevo ni un mes en casa!
—¡Cinco semanas! —gritó Olimpia— ¡Y bien aprovechadas!
El estallido de la puerta dio con Bambi en el suelo. Los policías entraron tropezando unos con otros y apuntando con sus armas hasta a los floreros donde se marchitaban de polvo las flores de plástico.
Mientras se llevaban a Bambi esposado y cabizbajo, Olimpia gritaba que se habían equivocado, lo llamaba por su verdadero nombre y le decía:
—¡Pero si tú no eres ese que buscan!
—¿Y por qué coño no has dicho que se habían equivocado? —preguntó Pelopolla.
—Ya se darán cuenta ellos solos… que la policía no es tan tonta ni yo he tenido mucha suerte nunca —dijo, iniciando la escalada hacia la litera de arriba.