
Se llevó todos su recuerdos, absolutamente todos y cada uno de los objetos de la casa que pertenecieron o tuvieron alguna relación con su hijo desaparecieron de su vista. Rosa no dejó señal alguna de sus vidas, como si una siniestra alucinación hubiera creado a su familia para más tarde hacerla desaparecer. La ramera se fugó a cientos de kilómetros protegida por un muro de legislaciones que impedían cualquier acercamiento. Y yo, su nueva esposa, sufría. Me angustiaba al contemplar como cada noche destrozaba su organismo apoyado por pastillas que apaciguaban sus penurias a cambio de una porción de su existencia. Padecía cada vez que encontraba su cuerpo tendido en el suelo agarrado al único objeto que aupaba su alma, la herramienta que mojó de orín la arpía y que anunció la llegada de la nueva vida. De madrugada, me acercaba, y fijaba la vista en los músculos del brazo con que aferraba el aparato, como si por soltarlo fuera a dejar caer a su hijo al vacío. Pasaba las horas ebrio, el inocente, aguardaba a su retoño que seguramente nunca volvería.
Y yo, ahora, soy enfermera del sufrimiento ajeno por un mísero sueldo de apego y cariño. Reparo el daño, vendo la herida, e intento que el virus de la tristeza y la ira no termine con su escasa energía.