Los teléfonos echaban humo. Miles, millones de mensajes sobrevolaban de acá para allá en alocada estampida, los cielos que tan meritoriamente pintó Velázquez: “La casta nos aplasta. El sábado, todos a Cibeles. Pásalo”.
Me llamo Ignacio, Ignacio Cortez. Setenta y cuatro años. Viudo. Jubilado de Renfe. Tengo hambre, mucha hambre, y la despensa está vacía. En el bote de azúcar quedan dos billetes de veinte euros y hasta el próximo jueves no me ingresan la pensión. Debería vestirme y bajar al chino a comprar lo imprescindible para hoy: una barra de pan de mierda, un yogur y dos latas de sardinas. Hay que joderse…
Que el mundo está loco y no tiene remedio, me lo confirma el hecho de percatarme que el pasillo del chino donde exponen la más cutre selección de juguetería del mundo mundial está abarrotado de jovencitos del más variopinto pelaje. ¿Qué cojones querrán comprar estos perroflautas? ¿Un coche teledirigido para atropellar ancianitas a distancia? Vaya Usted a saber.
En casa, después de zamparme el bocata, me asomo a la ventana a echar un pitillo. Observo como atraviesa la calle, en dirección a la glorieta de Cibeles, una jovencita de muy buen ver. Va Dios sabrá a dónde y porqué pertrechada hasta las orejas con un arsenal de armas de plástico de colores fosforitochillón. Pienso: “Otra loca más”.