Para cuando las tropas Kaltenen invadieron la Tierra ya era tarde. Los humanos no habían entrado siquiera en contacto con vida alienígena cuando la civilización Kaltenen llevaba ya diez milenios participando en las guerras Tancen más allá de los confines de la Vía Láctea, a sueldo del emperador de lo que todo es, en nombre de URI. Y las tropas Kaltenen en la Tierra, esa roca en mitad de ninguna parte que descubrió una nave Tipo III Masegun a la deriva, hicieron lo que mejor sabían hacer: masacrar, destruir, arruinar.
Se tomó toda la Tierra en apenas unas horas. ¿Toda? ¡No! Un pequeño pueblo llamado Brunete resiste todavía y siempre al invasor. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo consiguen detener a las salvajes y temibles tropas Kaltenen? El agua. El agua era el punto débil de los Kaltenen, su mero contacto les mataba instantáneamente. Milicias se formaron de los refugios entre los pocos supervivientes que, armados con las mejores pistolas de agua que encontraban a mano, se enfrentaban a las legiones más temidas de todo el universo.