El reloj que daba las horas del tiempo quedó obsoleto. Entonces el hombre-reloj hizo de las suyas. El hombre reloj era como un judío que si se establecía en un barrio éste florecía y si se alejaba de él como tierra quemada el barrio se marchitaba. El hombre-reloj tenía una esfera de estrella y daba mucha vida a los suyos y a sus conocidos como especiales. El hombre-reloj era un profeta que anticipaba lo que iba a pasar porque estaba en sintonía con los signos de los tiempos porque era sensible a los matices de la naturaleza social por lo que captaba inmediatamente a los dibuks que transitaban por el metro y las calles de Madrid. Si el hombre-reloj iba a Berlín el muro caía si el hombre reloj por un viento gaditano no pudo visitar Gibraltar entonces este terreno seguía perteneciendo a los ingleses. Los mismos pasos del hombre-reloj eran como segunderos y sus pensamientos establecían el ritmo de la conciencia de las almas por lo que debía aclararse porque como él estuviera estarían los demás. El hombre-reloj era como un titán de crucigramas en su cabeza de sueños e intuiciones que le mareaban las jornadas pero cuando él estaba lúcido solo quería contemplar el mundo y tumbarse a pensar en la cama. El reloj se paró porque los tiempos eran feos pero ahí estaba el hombre reloj a quien Dios le dio la manecilla y la cuerda.