Sucedió al poco de mudarme al barrio antiguo, con el propósito de despistar al comisario Antúnez, que por entonces, no dejaba de hostigarme. Desde hacía cuatro años, la tradicional celebración de comer las uvas durante las doce campanadas en la Plaza, había sufrido una transformación. Consistía en lanzar las uvas contra el segundero del reloj y atinar sobre la manecilla. La gracia tuvo mucho éxito las dos primeras ediciones y llegó a congregar a muchos parroquianos, incluso familias enteras. Todo cambió a partir del tercer año. Los lanzadores más cafres, cambiaron las uvas por tomates y huevos. Al siguiente, lo normal era arrojar botellas vacías de sidra champanada y cava de mala calidad. Las familias y vecinos respetables, fueron los primeros en desaparecer. Adueñándose del lugar, decenas de jovenzuelos con ganas de bronca, y vagabundos borrachuzos, que lanzaban sus tetrabricks de vino barato. También se concentraba, el vecindario crítico con la última reforma arquitectónica de la plaza, aprovechando el evento para mostrar su indignación. Aunque la policía, no diferenciaba entre ninguno de estos grupos, a la hora de repartir. Otro colectivo fiel al acto eran los pequeños traficantes. Éstos hacían su agosto invernal, ante la imposibilidad de la policía para controlar, a todos los exaltados. Yo era uno de aquellos camellos, pero un día aprobé una oposición, y ahora me he pasado al bando de los buenos. Mientras, bajo mi casco de seguridad tintado, espero a que el oficial al mando de la orden, para cargar contra todos mis antiguos socios.