Quisiste morir en casa.

Dormí a tu lado una hora, y no recuerdo si te sostuve la mano o no; quisiera ahora estar segura de haberlo hecho.

Cumplimos tus deseos, sin visitas y con música de fondo.

El tanatorio que elegiste y el cementerio que tanto visitabas.

Te llevaron sin enterarnos, y los chicos estuvieron precisos con el Ocaso. Yo no pude.

Quise imitar tu actitud tan valiente, tan entero, sin una queja. Y no pude.

Instantes antes del final grité: ¡No quiero que se muera!

Después el funeral te hubiera gustado, con tu niña tan valiente hablando desde el púlpito. Yo no pude.

 

Volví a aquella otra iglesia, unos minutos antes de la hora y localicé el reloj.

Había elegido de entre tus herramientas las que me indicaste.

Lo destrocé cuando daba la hora, y los golpes se confundían con las campanadas.

Ya nunca volvería a tocar, se quedarían en el aire eterno sólo aquellas horas que marcaron el sí quiero en nuestra boda. Entonces sí pude.

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