Mis dedos se aferran a la cornisa, apenas me quedan quince segundos, o quizás menos, y sólo consigo acordarme de ti …

Tu, con tu virtud de la palabra perfecta.

Cierro los ojos, revivo ese día en el que salgo camino de la gran ciudad, en mi pequeño coche rojo. Por el retrovisor te observo mientras me alejo, ora orgullo, ora tristeza… tu niña se marcha, nada será igual ya…

Se me agota el tiempo, crece este miedo gigante, me voy rindiendo; no pongo cara a amigos ni a enemigos, no veo la imagen de papá o de mis hermanos, sólo consigo acordarme de ti, meciéndome en alguno de esos reveses sufridos en este camino que Damián va a hacerme terminar anticipadamente.

El nunca te gustó, y mira, ya ves que en eso tenías razón, y en que el negro no me sentaba bien.

Damián me desangró el alma, me fue borrando la alegría, y ahora, que ya no hay más que robar, ni de mí ni de mi cuenta corriente, decide que lo mejor es no dejarme pulular por este planeta, en el que daría cualquier cosa por seguir.

Sin inmutarse pisa más fuerte mis dedos, mientras exhala el humo de su cigarro por la nariz, un sudor frío me susurra el final, y sólo consigo acordarme de ti…

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