Me he encontrado con Raúl en la puerta del tanatorio, nos hemos abrazado en silencio. Ambos estamos destrozados, hoy entierran a Laura, mi mejor amiga y su prometida.

He entrado a dar el pésame, su madre está desencajada y su padre como ausente, Laura era hija única y ellos ya no serán más una familia, solo una pareja de náufragos ahogándose en un mar de lágrimas.

Me asomo al expositor, pero claro, el ataúd permanece cerrado, la caída libre desde la azotea de un edificio de 25 pisos no suele dejar cadáveres hermosos. Prefiero que sea así, quiero recordarla como era la última vez que la vi hace apenas una semana, tan valiente y decidida, con esos enormes ojos brillantes.

Me contó muy ilusionada que iba vivir una experiencia especial, Laura era adicta a la adrenalina, eso es algo que solo había compartido conmigo, Raúl y sus padres no lo entenderían. Llevaba más de un año precipitándose a toda clase de vacíos, pertrechada con los artilugios más dispares, para sentir por unos instantes esa descarga vital que se había convertido en su droga, pero cada vez necesitaba más y parecía que por fin iba a tenerlo. Una nueva agencia había inventado algo excepcional y diferente, La Experiencia Definitiva la llamaban, era algo carísimo y Laura según sus premonitorias palabras, se moría por probarlo.

No sé muy bien qué es lo que ocurrió ese día fatídico aunque puedo imaginarlo, así que cuando los policías que investigan esta extraña muerte, me han preguntado si tenía alguna idea sobre lo que podía haber pasado, he tenido que mentirles.

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