Necesitaba cambiar de piso, de ideas y de forma de vida. A cierta edad a los humanos, y parece ser que a las ardillas, nos cuesta mucho cambiar nuestro modus operandi, así que decidí empezar por lo del piso, era todo lo que podía hacer en ese momento; mi horno mental no estaba para más bollos.
Lo encontré: Ático con terraza, céntrico, barato, y lejos de donde compartí mesa y cama con Matías. Un nuevo comienzo en este Madrid que ya no me pertenecía; por haberlo vivido a medias no sabía vivirlo sola. Con él todo lo podía, ahora estaba rota; caminaban las semanas e iba recogiendo mis pedazos, para pegarlos y componerme nuevamente cuando pudiera.
Nada solucionó el nuevo alojamiento. En estas penas mías andaba antes y después de la mudanza. Una nube negra me acompañaba. Mi jefe, hastiado, decidió prescindir de mis servicios, me despachó fría y secamente; deseando finiquitar el trámite y a ésta mojama de mujer en la que me había convertido.
Devastadoramente sola y sin trabajo, súmale una extensa lista de auto-reproches, una perdida cuenta de tequilas, y es fácil prever el cuasi final… Tambaleándome llegué a mi flamante hogar, de espaldas salté, y, ya en el aire, algo hizo que me agarrase a la cornisa con la ferocidad animal que nos concede la supervivencia. Por eso hoy, aunque el chico hizo alguna señal de reprobación, sabía que estaba tatuándome un seguro de vida en la muñeca que diría “Sobrevivir: mi sana costumbre”.