El dolor y los recuerdos escondidos volvieron agolpados cuando vi su perfil en la página de contactos. Aun así, no necesité pensarlo mucho. Colgué la foto de un chico atractivo que encontré en Internet elegido expresamente – conocía muy bien sus gustos – y la retoqué con Photoshop. Elaboré un perfil falso basado en sus gustos e intereses y pagué la cuota de la página para que el perfil fuera especialmente visible. ¡Voilá! El pez grande mordió rápidamente el anzuelo. A los dos días ya nos estábamos enviando mensajes para conocernos mejor y no tardó demasiado en proponerme tomar un café juntos para “irnos conociendo”. Como yo había planeado.
Jugué entonces mi baza: le dije que tenía un plan mejor, que conocía una cocktelería en un ático de la ciudad con las vistas más románticas de la misma y que podríamos vernos allí después del trabajo. “Espérame disfrutando sola de las vistas y así sabré reconocerte cuando llegue”. No puso ninguna objeción, siguió el juego y obedeció a cada pauta que le di.
Exactamente así la encontré aquella noche. Ni siquiera lo pensé dos veces: Me acerqué a ella y la empujé con fuerza al vacío, aunque con cierta torpeza, lo que le permitió agarrarse en el último momento de la caída superando la sorpresa. Y entonces me miró. Su rostro se demudó demostrándome que las palabras eran innecesarias y que sabía el por qué. Y cuando supe que había entendido, pisé sus nudillos con saña para acabar con mi venganza.