¿Sabéis de esos utensilios cilíndricos con un extremo cortante que se insertan por la vertical de las manzanas y que sirven para quitarles el corazón? Se introducen en la fruta, se empuja con el mango y cuando el utensilio ha llegado al otro extremo se extrae el corazón encerrado entre el metal.
Así sentía yo el mío mientras le oía decir que lo sentía, que sabía que no iba a funcionar y que era mejor dejarlo cuanto antes.
Me lo dijo recién llegada, apenas hacía una semana que convivíamos.
La bofetada de irrealidad fue tal, que me encontré caminando por la calle sin recordar cómo había salido del apartamento. Y en vez de preocuparme por dónde y cómo iba a vivir en una ciudad desconocida, a 8000 km de distancia de mi familia y amigos, en lo que pensaba obsesivamente era en si esa noche todavía dormiría a su lado o tendría que hacerlo en el sofá.
Tras horas caminando sin rumbo, llegué a una plaza peatonal cuando ya comenzaba a caer la luz del día. No podía levantar la mirada, la llevaba perdida en el asfalto.
A esas alturas, mi pensamiento era una vorágine de tramas en las que siempre se arrepentía y yo me vengaba sutilmente para que luego todo quedara olvidado.
Entonces, me vi colgando de la cornisa de un edificio sujetándome con las manos mientras él me pisaba una de ellas. El artista, que estaba sentado al lado de su dibujo, me miraba boquiabierto.