De noche en la azotea del edificio Grayling tenía lugar una macabra ceremonia de iniciación. Unos elegantes caballeros ataviados con chistera contemplaban al joven Henry Burton mientras forcejeaba con su víctima. La mujer sollozaba y suplicaba en vano, pues Henry la conducía de manera implacable hacia el abismo. No la conocía de nada, pero debía matarla si quería ingresar en la Orden. Una vida de privilegios le aguardaba. Así que Henry la empujó con todas sus fuerzas, pero ella se revolvió y pudo agarrarse con las manos a la arista de la cornisa, mientras su cuerpo colgaba en el aire. Henry suspiró y vaciló por un momento. No le gustaban las alturas, pero no tuvo más remedio que aproximarse al borde para intentar rematar la faena. Le pisó los dedos de la mano derecha y aumentó la presión hasta que, por fin, la mujer se soltó y cayó al vacío profiriendo un grito aterrador.
Henry sonreía triunfante cuando ocurrió algo del todo inesperado. Se abrió un paracaídas… Un escalofrío recorrió su espalda. Lentamente se dio la vuelta para encararse con los caballeros de la Orden. Cada uno de ellos le apuntaba con un revólver. El Maestre dijo: «Eres capaz de matar a sangre fría y mereces morir por ello. Nuestra auténtica misión consiste en eliminar la maldad de la especie humana». «¡Pero vosotros vais a matarme a sangre fría también!», alegó Henry. «En nuestro caso, el fin justifica los medios», sentenció el Maestre y mandó disparar.