Su mundo estaba patas arriba. Guiada por el hilo conductor de la sensación sentida, la respiración y su psicoterapeuta cayó hacia el pasado sin buscar nada, sin descartar nada. Las paredes del cerebro tienen muchas ventanas. En cada ventana asoma una relación. Fragmentos de historias de amor en caída libre a la velocidad de la gravedad. Del ático al sótano más de cuarenta pisos y tres historias en esa sesión. En el piso treinta y tres, el último chico con el que vivió. Volvió a ver la despedida del <<Adiós, me voy>>. Las palabras no dichas congelaron su corazón. Ahora mientras se dejaba caer, letras y sílabas derretían en sus labios el vacío del abandono. Expresó lo guardado con candado y un latido templado alivó su corazón.
Como brújula, la voz de su acompañante de vuelo le llevó hasta el piso ventidós donde se detuvo inmóvil ante el sueño roto del no pudo ser ¿Cuánto nos cambia lo que no podemos cambiar? Se dio cuenta que tan solo era posible cambiarse a si misma. La realidad despierta al sueño. Lo único cierto es que estaría con ella el resto de su vida. Esta ventana, como tantas otras, sirvieron para aprender.
Y llegó a los cimientos. Se sintió flotar en el saco amniótico mientras su madre acariciaba su primera morada, el vientre. Descubrió el tacto del amor incondicional que le nutría en sentido ascendente; piso a piso, ventana a ventana, relación a relación. Se dejó caer por completo para darse a luz a sí misma.