No, no se equivoquen, no es lo que parece. Esos zapatos pisan por donde yo quiero. Caminan con el rumbo que yo les indico. Ahora, están a unos centímetros de mi cara. Detenidos, brillantes, al lado de los dedos de mi mano derecha. Dedos que esas suelas no van a rozar. Miran como su dueño, pero él me ve solo con un ojo, el que apoya en el objetivo de la cámara con la que está captando esta imagen en la que os demuestro mi capacidad de aguante, de mi aferramiento.
¿Acaso habíais creído que no sería capaz de escenificar el abismo?