El esquizofrénico caminaba tranquilo por los pasillos. Le habían dado su medicación y la salida cultural había comenzado.
Señor desnudo tras señor desnudo, había aguantado estoicamente las horas de interminable suplicio a las que el guía, armado con un megáfono, les sometía.
Ya casi había terminado el tour cuando lo vio: el ala del surrealismo. Les habían prohibido terminantemente ir a esas salas, bajo pena de quedarse una semana sin ver al Correcaminos en la pequeña televisión de la sala común.
Por un momento, dudó. ¿Qué más daba? Seguro que hoy tampoco cogía al condenado pajarraco.
Así que entró. Y lo que vio ahí dentro le fascinó. Cuadro tras cuadro las formas y colores se desdibujaban formando algo nuevo, algo extraño y cambiante, sin ninguna lógica. Se dejó caer sobre un banco y enterró la cabeza en las manos mientras sofocaba una carcajada. Un único pensamiento, que se había deslizado entre los algodones de las medicinas, flotaba en su cabeza:
No estaba solo. Se sentía a salvo, en casa. Contemplando todos esos cuadros se había dado cuenta de que, en el fondo, todos estaban tan locos como él.