Rachel se lo había advertido. Aquella noche era mágica, pero Kevin no quiso creerla y se descojonó en su cara. Se vistió como siempre, en plan macarrilla de tres al cuarto, con su chupa negra de cuero, su chándal negro, sus botas negras y su gorro gris. Salió de casa como si nada.
Era la Noche de los Museos. Rachel le recalcó que no lo resistiría, pero a Kevin se la sudaba lo que dijera su novia. Quedaron para ver una exposición de fotografía contemporánea. A ella le pirraban esas cosas y Kevin quería complacerla, porque estaba enamorado.
Una flor, una tortuga… Rachel comentaba con ahínco cada fotografía, mientras que Kevin lo sufría en silencio.
De pronto, Kevin comenzó a sentirse mal. «¿Qué cojones me pasa?», se dijo. Tuvo que sentarse en un banco de la sala y se llevó las manos a la cabeza. Parecía que le iba a explotar…
«No te preocupes, cariño. Pronto serás como nosotros…», le susurró Rachel al oído y se apartó. Entonces Kevin comenzó a gritar y a convulsionarse.
Unos minutos más tarde terminó todo. El nuevo Kevin lucía larga melena, barba poblada, gafas gruesas de pasta, camisa de leñador a cuadros, vaqueros gastados y zapatillas New Balance. El influjo de lo «cool» lo había transformado, a su pesar, en hombre lobo «hipster»…