(Traducción de Adrián Díaz)

 

Habían pasado muchos años desde que pensara en ello. Quizá nunca lo había pensado realmente. No de verdad.

 

Así que, ¿por qué era la vida así? ¿Por qué aquí? ¿Por qué le golpeó ahora con tanta fuerza? Ni siquiera podía mirarla directamente, no podía girarse.

 

La fotografía de la flor se había colgado como un añadido, algo inofensivo, aleatorio. No era posible que tuviera un significado para nadie. Pero allí estaba, con su cabeza entre las manos, sollozando.

 

No había llorado hacía siete años en el hospital cuando los médicos, con sus demasiado amable, demasiado comprensivas caras, le había dado la noticia final, no había llorado en el funeral, ni en las visitas al cementerio o en las primeras navidades sin ella o en los, ahora irónicos, cumpleaños.

 

Pero un recuerdo sencillo de venir a casa desde el colegio un día, un aleatorio, nada importante día, y verla arreglando las flores en un jarrón, ahora le golpeó de una forma cruel y venenosa.

 

E intentó combatirlo, pero el último tren dejó la estación y no había nadie alrededor.

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