“La brigada de capadoras” fue un sueño de juventud que, por fin, hacían realidad. Carla, Susy y Lía habían planeado muchas veces esa forma de tomarse la justicia por su mano. Se iban sumando circunstancias y era momento de pasar a la acción. La vieja nave industrial decrépita, vacía e inservible que había heredado Lía de su padre, iba a ser su centro de operaciones. Hacia allá iba Susy con Benson, el muy cabrón.

 

Carla y él habían empezado a trabajar en la compañía el mismo día y, desgraciadamente, en el mismo equipo. Desde el principio, Benson le empezó a poner zancadillas, más adelante, cuando le nombraron jefe, todo fue a peor.

 

Cada vez que se reunían las tres el “tema Benson” casi monopolizaba la conversación. Carla estaba desesperada y Susy y Lía ya no sabían qué hacer. Le habían recomendado muchas veces que denunciara el acoso al es que estaba siendo sometida, pero Carla respondía que ella lo tenía que solucionar por sí misma, eso de denunciar no iba con ella, no confiaba en la justicia y, además, le parecía de cobardes.

 

El día en que Benson la acorraló en su despacho y la empezó a tocar colmó el vaso. Llamó a Susy y Lía y les dijo: “Chicas, ha llegado el momento de poner en marcha la brigada de capadoras y el cerdo de Benson va a ser el primero que lo va a pagar”.

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