Sabía que lo mataría. Y sabía que se arrepentiría.
El coche atravesó la ciudad hasta llegar a un campo seco, en medio de ninguna parte. Un escenario perfecto para un final que nadie conocería. El conductor esperó pacientemente mientras ella se daba la vuelta y apuntaba con su arma al hombre del asiento trasero.
Su trabajo era simple, consistía en no preguntar. Jamás se había cuestionado las órdenes de la organización y había cumplido cada misión diligentemente. Incluso si conllevaba romper todas las reglas morales que regían el corazón y la conciencia de quienes vivían sus vidas pacíficamente, pensando que su perfecto mundo no tenía fallas, sin llegar a entender que para que unos coexistan en armonía, en un mundo donde el mal se considera erradicado, otros deben exterminar aquellas notas discordantes, los que logran ver más allá de la ilusión proyectada, percatándose de que viven en una realidad construida. Todo en pos de perpetuar eternamente una imaginada utopía.
Porque donde hay luz, hay siempre sombra. Y si la sociedad debía permanecer en la luz, la organización debía permanecer en la oscuridad, eliminado los cabos sueltos eficientemente.
Ahora, él era su objetivo, y ella debía eliminarlo, incluso si su resolución se tambaleaba mientras miraba esos ojos verdes que tan bien conocía, y esa sonrisa que había llegado a amar, la que era solo para ella, aun ahora, amable, sin miedo, sin condena.
Una solitaria lágrima se deslizó por su mejilla, porque sabía que lo mataría, y sabía que se arrepentiría.