Mis compañeros y yo estábamos haciendo senderismo. Llevábamos muchos kms. Recorridos y nos encontrábamos cansados.
– Paremos ya -dijo mi compañera Raquel- hemos hecho buen trabajo y andado bastante; es hora de descansar, tomar algo y regresar ¿Estáis de acuerdo?
Vale, de acuerdo, fue lo que la gente contestó.
Mas yo quería continuar, me había propuesto llegar hasta el final, aunque cierto es que me encontraba prácticamente extenuado, por lo que no sabía que decir. En ese momento me quité la gorra para limpiarme el sudor, miré hacia el cielo y vi a un ángel ante mí que con una gran sonrisa me invitaba a continuar la marcha haciéndome gestos con la mano indicándome el trayecto más adecuado.
– Ven, ¡Ánimo, puedes conseguirlo!! Ten fe y sígueme.
Perplejo me quedé ante tal aparición y más cuando noté una vitalidad extraordinaria que me invitaba a continuar la marcha.
Mis compañeros se quedaron perplejos al verme salir corriendo, y me empezaron a llamar e incluso algunos salieron detrás de mí sin conseguir alcanzarme porque iba muy veloz.
El ángel iba moviendo sus alas que me proporcionaban una brisa muy agradable, sintiéndome así más a gusto y ser el recorrido menos fatigoso.
Finalmente, llegué a la cima donde yo quería.
– ¿Quíén eres? –Pregunté intrigado-
– Tu interior, tu mente, que en ti siempre está presente.