La clase empezó como todos los días con el rezo del Padre nuestro.

Ese día los niños tenían que saberse de memoria todos los ríos y afluentes de España, erá la clase de 3º de primaria, el profesor, un viejo calvo, gordo y malévolo, con sus gafas de concha, ocupo su lugar, en su tarima.

Todo su saber lo había adquirido, en los años que paso en el ejercito Nacional, dónde sólo llego a ser sargento mayor, debido a sus pericia a la hora de encontrar colaboradores de los rojos.

Fue condecorado por herida de guerra, por sus servicios prestados, consiguió su ansiado retiro de maestro.

Pronto empezó el rosario de preguntas a sus alumnos- ¿ Tú Juanico, que rio pasa por Zaragoza?.

Luís permanecía sentado en su pupitre, temblando de miedo, rezando para que no lo nombrará ese día, y librarse de recibir los terribles golpes de la vara de avellano.

Pero ese día tampoco tuvo suerte, el profesor lo llamo para que escribiera en la pizarra los cinco ríos más grandes del país.

Temblando, se dirigió a la pizarra, cogío la tiza, – Ebro, Tajo, pero el miedo lo atenazaba, sabía que la vara golpearía sus delicadas piernas y él comenzaría a llorar y mirar al suelo, cuando acabaría aquella pesadilla, odiaba el colegío, le gustaban los libros y quería aprender, pero no a fuerza de violencia y desprecio, soñaba, no pisar más una escuela, habían pasado más de cincuenta años, y ahora él era el maestro.

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