Manolo fue el artífice de aquella sorpresa. Me convenció para que le acompañara a recoger a su nieto y ,distrayéndome con su charla, me metió en el aula. Abrí los ojos sorprendido. Allí estaban Paco, sentado en su pupitre de antaño, y su sobrino Antonio, con cara avergonzada.
– Siéntate, chaval -me dijo Manolo, socarrón-. Ahora seré yo quien dé la clase, que Don Faustino ya lleva tiempo bajo tierra.
Todos reímos, incluso Antonio, que no sabía muy bien qué hacía allí. Luego, nos transformamos en aquellos niños que habíamos sido una vez. Levantamos la mano, hicimos preguntas, nos tiramos papeles, escribimos en la pizarra, reímos en alto y montamos todo aquel despropósito divertido que había sido nuestra infancia. Reí hasta enrojecer con cada payasada.
Cuando estaban más distraídos, mis ojos se fijaron en el pupitre de al lado y recordé a la niña rubia que se sentaba allí. Sus ojos azules me tuvieron embelesado durante años.
-Venga, ya vale de hacer el tonto. Vámonos a tomar algo -dije.
Cuando aquella noche llegué a casa, fui directo a por el viejo álbum. Allí estaba la foto de fin de curso. La niña de los ojos azules estaba al lado de Paco, cogiendo su mano. Suspiré.
Una dulce voz aniñada me habló por encima del hombro.
-Abuelo, ¿qué estás mirando?
-Las fotos viejas que te gustan.
Un dedo regordete señaló la figura de la niña.
-La abuelita de pequeña.
-Si cariño, así era -y sonreí a aquellos ojos azules.