Recuerdo perfectamente el día en que el jefazo me hizo pasar a su despacho. —Pepe —me dijo —quiero que rellenes esta solicitud. El Presidente ha montado un master muy exclusivo. Ingeniería Financiera para altos directivos. Subsecretarios de Estado y de ahí para arriba. Tengo posibilidad de colocar a tres personas y tú sabes el aprecio que te tengo. La primera, sin pensarlo, para ti. Ya veré a quién más mando. Han fichado a un gringo para dirigirlo. Dicen que es el copón bendito, catedrático en nosedonde y dueño del mejor bufete de Wall Street. Un excéntrico total… ¿y qué gringo no lo es? Chaval, ábrete bien de orejas y aprovecha esta oportunidad, que de aquí al estrellato.

 

Recuerdo perfectamente ese nefasto día. El veintiocho de diciembre del año pasado: el día de los Santos Inocentes. Qué hijos de la grandísima. Me da el punto que nada fue casual.

 

El master se celebraba en un aula del Ministerio de la Presidencia. Todas las tardes de los miércoles. Comíamos en Zalacaín, y el café lo tomábamos ya en el Ministerio. Al principio todo fue normal, previsible. Las cosas empezaron a torcerse allá por el mes de abril. Recuerdo -joder, lo tengo grabado a fuego- al hijoputa del gringo apuntándome con su varita; al Subsecretario de Puertos y Canales, castigado de cara a la pared y con un capirote de burro encasquetado; y al Director General de Pesca escribiendo cien veces: “no está permitido estallar burbujas”.

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