El tío bueno de sonrisa perfecta y pelo ondulado me está empezando a caer gordo. Cuarenta minutos y no se me ocurre nada que escribir sobre él. Cuando ya estoy pensando en rendirme, aparece mi preadolescente hija, canturreando distraída.
—Nena, ven un momento.
—Que estoy muy ocupada, papi.
—Mira esta foto y piensa en alguna historia que se te ocurra.
—Umm… ha pisado una mierda.
—¿Por eso iba a estar contento?
—Es que dicen que te toca la lotería si pisas una.
—Hija, otra cosa.
—Umm… es un médico que estaba parado y le han contratado para salvar a un señor rico que se está muriendo.
—Nena, ¿está contento porque alguien se muere?
Empiezo a preocuparme seriamente por mi vejez.
—Bueeeeno, otra cosa… va a caer una lluvia de caramelos.
Me llevo los dedos a los ojos y los aprieto hasta que empiezo a ver estrellitas. Me gustaría matar al dentudo de la melena ideal.
—¿Tampoco? Bueno, a ver esto: le acaban de llamar para entrar en Gran Hermano 27 y ya está contando la pasta que ganará como tertuliano del corazón.
La miro ojiplático. Ella me mira como si fuera tonto.
—Papá, el primo acabó la carrera y el máster a los veinticinco y está trabajando en un McDonalds. O pisas una mierda o entras en Gran Hermano.
Cierro la boca antes de que me entre una mosca y pienso… <<Me quedo con la lluvia de caramelos>>.