Yo no era ese del cartel publicitario, bueno era yo el de la foto, pero no, mí yo verdadero, Llevaba trabajando cuatro años como modelo publicitario, apenas cobraba para ir tirando, Mi vida era una bajada constante hacía el infierno, pubs, discotecas, alcohol, drogas y rubias Nancy sin cerebro.

 

Era un hombre metido en mí bucle sin salida, hastiado de todo, derrotado, sin ningún atisbo de mejora, jornadas de vacío y sesiones de fotos interminables, el problema era que no sabía cómo salir de este estúpido laberinto en el cual me hallaba.

 

Siempre me habían dicho que era muy atractivo, desde niño se me fueron abriendo puertas que a otros se les negaba, pero con el tiempo descubrí que eran puertas falsas, que sólo llevan al infierno, a una vida monótona y triste, dónde sólo importa la máscara, no el contenido, el ser humano que llevas dentro, tus talentos para otras cosas que no sean tu exhibición permanente como si fueras un maniquí manipulado por todos.

 

Me gusta la literatura, la música, el arte, la naturaleza, pero a nadie parecía importarle, no tenía amigos, sólo conocidos, todos unos guaperas, sin un gramo de cerebro, ni un milímetro de sensibilidad.

 

Seguía siendo joven en apariencia, pero me sentía como un trasto viejo, arrugado, desgastado por tanta avaricia y superficialidad.

 

Tomarme un descanso, reflexionar, de que vivir mientras tanto, que hacer para subsistir, era el muñeco dirigido por un ventrículo mudo e invisible.

 

Pronto sería aquel viejo payaso que ya no hace reír a nadie.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *