En ese instante todo en su vida quedó arrasado, solo sentía frío, estaba sola y buscó la fuerza con desesperación mirando al cielo, como si allí se encontraran las respuestas, solo pensó en sobrevivir y se aferró a aquello que tenía más a mano, lo demás no tenía importancia. Su instinto le decía lo que tenía que hacer, sobrevivir.

 

No podía detenerse, tenía que actuar, y así lo hizo. No se dejó vencer por las circunstancias que le tocaron vivir y aprovechó cada oportunidad que le dio la vida por muy pequeña que fuera. Aquel golpe fue tan duro que se llevó su inocencia, su infancia, su niñez, pero también su cobardía. Ese acontecimiento la marcaría para siempre, e iría siempre con ella sin remedio.

 

Con el paso del tiempo, poco a poco, las sensaciones vividas fueron quedando cada vez más lejanas, lo curioso para ella fue ir comprobando de qué manera aquello le recordaría de lo que era capaz, reponiéndose una y otra vez a los retos que se le planteaban. Aquello le proporcionó una sabiduría para distinguir lo que era importante y lo que no y una experiencia a la que volver como recuerdo, aunque fuera ya lejano, y saber quién era.

 

Ella era el resultado de todo lo vivido pero también de lo que ella había decidido que representaran esas experiencias, ella se había quedado con lo que era útil para tener una buena vida.

 

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