Estas tierras formaban parte de una extensa pradera que se extendía de norte a sur. Desde los alrededores de la ciudad de Lexington, hasta unirse con los bosques de Pisgaw. Aquí, los cherokees dejaban sus poblados de tippis al mando de las mujeres, y emprendían fatigosas jornadas cabalgando tras las manadas de bisontes. Hoy es una zona depauperada donde no queda ni rastro de aquellos bosques y praderas. Estas tierras son hoy propiedad de Hitch y asociados, establecidos en Irvine, capital de la comarca, y único pueblo con sheriff en cien kilómetros a la redonda. Hitch y asociados tienen aquí sus factorías petroquímicas.
Así como los empleados de Hitch y asociados solo piensan en cómo ponerse ciegos el día de cobro, sus propietarios solo se interesan por los suculentos dividendos. Algún día, Hitch, sus asociados y los palurdos habitantes de Irvine, se verán cubiertos de una nube plomiza que acabará con todos ellos. Es solo cuestión de tiempo.
Jesús, sofocado, entró al despacho del Padre.
—¿Es cierto lo que me han contado? ¿Vas a acabar con toda esa pobre gente?
—Esa pobre gente, dices… ¿Esa pobre gente que está matando cualquier cosa viva en su territorio? No merecen vivir. Han malgastado sus oportunidades.
—Haz que un rayo caiga sobre las cabezas de los magnates, de los especuladores, de tantos y tantos desalmados. Sobre toda su descendencia, si esa es tu soberana voluntad. Pero antes deberías ver esta fotografía: mira sus ojos, mira sus manos. Es la hija pequeña de Hitch.