Esa tarde Il Cannone había salido de su vitrina en el Museo de Strada Nouva para una de sus puestas a apunto. Así era como le había bautizado su antiguo y más querido dueño, el virtuoso Nicoló Paganini.

Era un violín privilegiado, ya que pasaba sus días en una vitrina, en un ambiente perfecto de conservación admirado por todos, y unas cuantas veces al año salía a pasear para que algún otro violinista de élite le hiciese sonar, para que no se entumeciese demasiado y olvidase la música.

Esa noche el gran Ara Malakian había hecho vibrar sus cuerdas y bailar su arco ante un público entregado. Fue como si el violinista estuviese poseído por una energía extraordinaria, mayor si cabe que la que él destila en cada concierto. Y el público, como hechizado, disfrutó de la belleza y la emoción que brotaba de aquel Guarnieri único en el mundo. Aplauso y ovación.

Pero lo que nadie sabía era que Il Cannone tenía un secreto. Sí, los instrumentos musicales tienen secretos, y muchos de ellos albergan el alma de aquellos que con su genio los han dotado de vida. En el momento en que Paganini le otorgó un nombre propio, la magia se hizo. Y el alma musical del endiablado músico impregnó cada rincón del Guarnieri para siempre.

Algunos cuentan que un hombre extremadamente alto y delgado, de largos dedos y melena alborotada pasea de vez en cuando por el Museo de Genova. Y otros dicen que por la noche, se oye sonar la música endiablada de Paganini, y la imposible nota número trece vuelve a resonar por los pasillos del museo.

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