– Vamos, Bill, tú puedes. Eres grande, tío. Eres grande.

 

Bill llevaba una mala racha, de capa caída. No podía ni quería reconocerlo, pero estaba un poco depre últimamente. Ya no podía sonreír continuamente ni echarle ganas a las cosas como antaño. Había contratado a aquel terapeuta porque le hacía sentirse mejor rápidamente.

 

– Eres el puto amo, Bill, el mejor. Todos te quieren. El mejor presidente del mundo. De la Historia del mundo.

 

Era un buen terapeuta, siempre le daba mucha energía antes de los discursos. Ahora, por ejemplo, se sentía mucho más animado de cara a la rueda de prensa con Obama en la que estaba apunto de entrar justo después de su terapia. Se sentía vivo, feliz, carismático.

 

Entró en la sala sonriente, diciendo a voz en grito con los brazos abiertos:

 

– Un día fantástico hoy, maravilloso día. Vamos, a disfrutarlo!

 

Pero el público no respondío como esperaba y sólo le devolvieron miradas críticas, tristes, desagradables.

 

– Como decía -continuó Barack- contamos en este momento 245 fallecidos en el doble accidente de los vuelos 525 de Sidney con el 354 de Washington. Un día terrible…

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