Esa tarde llegó del trabajo, se acomodó en el sofá sin cambiarse de ropa, encendió la tele y murió.

 

Muchas veces a lo largo de su vida se había preguntado cuándo y cómo lo alcanzaría lo inevitable, y cabe imaginar – aunque sean meras suposiciones – que, de haber visto la escena, se hubiera sentido al menos un poco decepcionado.

 

Cincuenta y siete años (“¡Era tan joven!” comentarían las vecinas dos días después, guiadas al 4ºB por un olor extraño e insistentes llamadas telefónicas del jefe que no encontraban respuesta); cincuenta y siete años y una vida resumida en su último día: trabajo, sofá, televisión.

 

Antes del suspiro final sintió algo raro dentro. Saliendo parcialmente de su estado de somnolencia, se incorporó un poco, dirigió maquinalmente la mirada a la pantalla donde Obama aprobaba o anunciaba o declaraba algo, y murió.

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