Lo había perdido todo, sí, pero por fin había sucedido.

 

Despedida del trabajo por dejar de ir y, cuando acudía, por soñar entre horas. No sabían que estaba concentrada… en otra cosa. Había aprovechado al máximo los dos años de paro, que se le acababan pronto, y el exiguo finiquito. Siempre con el mismo objetivo.

 

Su marido le había dejado. Al principio sólo quejándose de apenas no verla, y de que no era la misma. Después a voz en grito, desesperado, cuando Clara no salía de la habitación para nada, y sólo meditaba día y noche.

 

Su médico le había advertido que con aquella dieta en la que apenas comía el cuerpo acabaría pasándole factura, pero no le importaba. Sólo importaba lograrlo.

 

Su familia, preocupada, había terminado por dejar de de insistir; y sus amigos, a los que ya jamás veía, no se molestaban en llamar más. Y Clara, en caso de que lo hicieran, se había ocupado muy bien de desconectar el teléfono.

 

Lo había perdido todo, sí, pero tras años de meditación y trascendencia energética por fin lo había conseguido: Clara podía levitar.

 

 

 

Lo próximo, doblar cucharas.

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