¿Por qué no terminas de cerrarla y te embarcas? Preguntó ella mientras tintineaban sus alitas. Mónica miraba atónita la figura en miniatura que la hablaba desde el borde de la maleta. ¿Pero no ves que por mucho que quiera no soy capaz de cerrarla? Demasiadas cosas que meter en ella y no sé de cuál desprenderme. “Yo empezaría por los zapatos. Prueba sin los zapatos”. Las botas, quería decir la hadita, las botas que había tardado meses en rescatar del escaparate desde donde la llamaban todas las tardes yendo a trabajar. Meses ahorrando para ahora desprenderse de ellas. Pero era una buena opción y se las quitó. Se sentó dentro de la maleta, expulsó todo el aire, se dobló por la cintura y cruzó las piernas. Con la mano izquierda comenzó a cerrar la cremallera, pero… ni por todo el yoga del mundo era capaz de terminar de cerrarla. Seguían sobrando cosas. “Tú no te quieres ir” le dijo el hada. Mónica no daba crédito a la osadía de aquel personaje. ¿De dónde habría salido?. “Pero no ves que la ropa que llevas te lo impide?” Algo de razón tenía. El jersey era bastante grueso y la falda no le permitía cruzar las piernas como debía, así que se desnudo. Volvió a repetir el proceso de doblamiento y ¡zas! maleta cerrada. Estaba lista y preparada para partir. Pero ¿cómo podría moverse ahora estando dentro de su maleta? “Y dígame la señorita” oyó la voz tintineante del hadita “¿hacia donde desea volar?”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *