Allí dentro estaba bien, se encontraba segura. No podía oír los gritos ni los golpes. Ese era su refugio, donde esperaba a que pasara la tormenta. Además, no estaba sola. Abraza fuertemente a Mery, ella la consolaba. Oía la voz de su abuela, la decía que no pasaba nada, que se querían; que volvería a casa y todo volvería a ser como antes. Abrazó a la pequeña hada más fuerte que antes, dejando escapar un sollozo. El silencio de su pequeño escondite se vio interrumpido por unos pasos en el exterior. “¿Ves lo que consigues con tus gilipolleces? Ya se ha vuelto a esconder en la maleta de mierda esa. Te dije que la tiraras.” La voz de su padre siempre sonaba enfadada cuando ella no estaba delante. La luz la cegó cuando papá abrió la maleta. Tenía la cara roja y le temblaban las manos. Mamá se apoyaba contra la puerta de la habitación, llorando y tapándose un lado de la cara.
-Cariño, ¿qué haces aquí? Venga, sal. Vas a dormir con los abuelos esta noche, mamá y yo tenemos que hablar de una cosa. Puedes llevarte ese peluche si quieres.