Muy despacio fui abriendo la maleta. Teníamos trabajo, había que arreglar aquel desastre antes de que nos descubrieran.
Mi hada madrina fue desplegando sus fuertes alas, esas alas aparentemente tan delicadas que podrían quebrarse con un suspiro, pero que hacían verdaderos milagros cuando volaban sobre las desgracias ajenas fueran de la clase que fueran.
Teníamos frente a nosotras un campo yermo, arrasado por un fuego devastador, de los restos de la casa calcinada ni hablamos, pero cuando algo así como una libélula empezó a sobrevolar por el terreno daba un placer inmenso, para quien tenía el privilegio de observarlo, como aquí y allá salian nuevos brotes, empezaba la vida, la casa se salvó por “puro milagro”, sus dueños nunca se explicaron como sucedió, huyeron con lo puesto.
Era nuestro gran secreto y al mismo tiempo nuestro gran tesoro, trocar la furia por calma, el abatimiento por alegría, la soberbia por humildad, la envidia por admiración, la injusticia por equidad, la desesperación por esperanza…, así de simple.
En tal caso lo único que se veía, si eras buen observador de la vida , era a una mujer con una maleta andando sin descanso por los caminos.
La verdad es que era una maleta liviana,nadie adivinaría quién iba dentro, pero si se podían advertir los cambios que se originaban a su paso. Ni los científicos, magnates, gobernantes y “delincuentes varios” se explicaban cómo se regeneraba el mundo a pesar de sus “esfuerzos” por destruirlo poco a poco.
Así me lo contó mi abuela hace mucho, mucho tiempo y yo os lo cuento a vosotros para que nunca olvidéis el poder de los deseos y la magia.