Deambulando aquella noche de verano topó con una maleta tumbada en la calzada. Le llamó la atención por su inusual abandono en la calle, por su color rosa y porque era muy nueva para ser un deshecho. El hada recorría las callejuelas poco iluminadas del centro de la ciudad como un pajarillo brillante. Normalmente la confundían con una luciérnaga lo que la ponía a tiro de los insomnes y malhumorados aplastadores de insectos. De balcón en balcón su diaria y nocturna tarea en busca de personas a las que ayudar se convertía en una lucha de espadachines con revistas y zapatillas y su varita mágica como armas. Vida errante y desagradecida la del bienhechor.

 

Movió inquieta la naricilla, lo que le ocurría cuando le picaba la curiosidad. Con un movimiento de la varita abrió la maleta. Cortos vestidos de verano, tops, tangas, maquillaje, perfume, un espejito que no era mágico pero que le reveló su peinado decimonónico, y su vestido parecido a un camisón victoriano. Miró la varita fijamente como cuando miraba la bola de cristal, y decidió convertir lo infinito e inmortal en concreto y mortal. Rodeó su cuerpecito con un toque mágico; el último. En un segundo se encontró sentada dentro de la maleta con las piernas desbordándola, embutida en una minifalda, mirando en el espejo su cara maquillada de sábado noche, su melena pelirroja como una ola, su escote ostentoso. Haciendo equilibrios sobre tacones y meneando las caderas, rasgo la oscuridad de la calle, seductoramente mortal.

 

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