Empecé la mañana que tú te marchaste. El agua me rodeaba y subí el primer escalón y me aferré a su pequeña superficie con los dos pies muy juntos y los dedos de los pies bien firmes. Aguanté hasta que el sol dio la vuelta completa y cuando lo vi aparecer de nuevo avancé de un salto hasta el siguiente escalón. Me sentí más segura en este segundo y me permití soltar un poco los dedos de los pies, lo que me liberó del dolor que había sentido durante el primer día. Más relajada y cambiando el peso de una a otra pierna esperé a que el sol volviera a aparecer en el horizonte y avancé un escalón más. Liberé mis brazos que me ayudaron a establecer el equilibrio sobre la superficie minúscula y evitaron el dolor que había estado sufriendo en las piernas durante las jornadas anteriores. Y el sol volvió a aparecer; y yo volví a avanzar y esta vez mi cuello había perdido la rigidez de las primeras jornadas y me permití mirar a mi alrededor y lo que vi es hermoso, muy hermoso y quise avanzar hacia ello y así lo hice en cuanto el horizonte se iluminó. La belleza del mundo me provocaba bailar en la minúscula superficie que en ese momento me separaba del agua y por fin me decidí y sin miedo avancé y me zambullí en aquel reflejo hermoso.