Tris tras, salta, salta y ya verás. El flautista requiebra con su música infantil a la voz que viene del mar; o quizá de más allá. La armonía se expande por todos lados, se hace aire, sustancia que se oye y se respira. El volumen sube suave acorde con el lento despertar de la luz del día. La coral del amanecer atrae a sombras de personas aún veladas por la noche. Siluetas oscuras de chicos y chicas regresando de fiesta. Figuras de ancianos encorvadas y de dubitativo avance. Un niño al que se le adivinan las orejas del oso abrazado. Todos y más se dirigen hacia una estrecha pasarela de madera que transita sobre la desembocadura del río y llega al borde del mar. Tris tras avanzan saltando sobre una pierna como sobre un gran rayuela. Algunos lo hacen con salto reflexivo, firme, cayendo estables como flamencos. Otros dudan, aletean para equilibrarse como buitres en tierra. Otros solo juegan y avanzan sin saber tris tras. Al llegar a la mitad de la pasarela duelen los gemelos, las rodillas se resienten, los saltos engordan y se hacen más cortos. Alguien pierde el equilibrio y cae de la pasarela sin barandilla. Nadie se detiene, aunque el grito del caído trastabilla a los que vienen tras él. El final de la pasarela es difuso. La luz del día aún no marca límites. Al llegar al borde de la pasarela dan otro salto, el último, como si fuera uno más, y cada cual cae al mar a su manera. Los cantos amainan. El flautista disuelve su trino. Cuando el sol se despliega sobre el océano las olas mecen cientos de cadáveres dorados, salta salta y ya verás.