– ¡¡Chicas, chicas!! –dijo Madeleine-, ¡no estáis prestando atención!
Ser sirena en los tiempos modernos es muy complicado. No solo naces lejos del agua, sino que además tienes que ganarte el derecho de regresar a ella. Para hacerlo necesitas un absoluto control de ti misma. Requiere elegancia, energía, entusiasmo y versatilidad.
Muchas de nuestras hermanas fracasan en su intento de volver al océano. Nacieron en tierra, olvidaron su pasado y forman parte de la Humanidad. Ya sólo quedábamos nosotras seis: Leonora, Minerva, Laura, Sofía, Ernesta, y yo: Sara, intentándolo.
Las seis saltábamos a la pata coja sobre unos postes de madera dispuestos frente al mar. Era nuestro examen final. Y Madeleine, nuestra instructora, nos explicaba que partes del ejercicio hacíamos mal.
– Cuando llegue el rey Tritón debéis impresionarle recitando una poesía en equilibrio.
¡Aquello era imposible! En cuanto recitábamos dos versos, ¡nos caímos del poste!
El rey del mar fue testigo del fracaso de todas y cada una de mis hermanas. Y me llegó el turno a mí. De pronto me invadió una oleada de ira por el tiempo que llevaba en tierra, alejada de los bosques de coral con los que ya apenas soñábamos. Frustrada, recité:
Cada día, ¡qué alegría!
Me tengo que levantar
Y trabajo a destajo,
Para apenas descansar.
El rey Tritón nos dijo
Que podríamos regresar
Pero las sirenas son mujeres
incapaces de recordar
Y yo digo ¡rey del mar!
Una burla es este examen
Prefiero quedarme en tierra
Y esperar a que me llamen.
El Rey Tritón enfureció. Suspendí y me vedó la entrada al océano. No obstante, no todo estaba perdido. Un escritor escuchó mis versos y me llevó con él. Desde entonces nadie sabe que soy sirena, pero él me cuida y me llama cariñosamente musa.