«Qué niña tan flaca», pensé la primera vez que la vi.
Ella guardaba equilibrio sobre uno de los pivotes que separaban la playa de la calzada. Yo andaba enfurruñado con la peonza mientras el resto de mi familia tomaba el sol. En las competiciones con los amigos siempre quedaba rezagado, tenía que practicar mucho más.
Lancé la peonza por enésima vez. Ella me miró. Mis movimientos se entorpecieron y el artilugio de mis desvelos rodó sobre el asfalto. Vergonzosamente.
Pero entonces ocurrió algo maravilloso.
Aquella niña larguirucha me sonrió. El sol arrancó destellos de los hierros que custodiaban sus dientes. Se apoyó sobre una sola de sus piernas y estiró los brazos. Empezó a girar como una bailarina. Ya no pude apartar la vista de sus piernas de garza, de aquella danza extraña y mágica. La goma que sujetaba sus cabellos se rompió, su cabellera se convirtió en una auréola dorada.
Coincidimos más veranos. Incluso llegamos a intercambiar direcciones y teléfonos. Nos escribimos durante algún tiempo.
Sin embargo, el transcurrir de la vida nos separó.
Sí. Muchas veces pensé en buscarla. ¿Y si lo hubiera hecho…?
Pero no. Comprendí que ella forma parte de otro mundo. Quiero que siga ahí para siempre. Libre. Etérea. Indómita. Inalcanzable.
Hoy, tras muchos años, he acudido a la misma playa con mi propia familia. Los pivotes han desaparecido. En su lugar han construido un chiringuito.
No importa.
La veo elevarse sobre el oleaje azul. Agita los brazos y me saluda. El mar, un poco envidioso, intenta llamar su atención lanzándole jirones de espuma. Pero ella sigue ascendiendo, con la agilidad de un ave, y se acomoda entre las nubes iridiscentes, que le ofrecen asiento.
Allí es donde la quiero.
Veleta de viento. Musa de mis sueños. Aliento de mi sinrazón.