La primera es de cuando aún no me había desprendido de las lineas de la niñez. ¿Recuerdas el cosquilleo del primer beso prohibido en el rincón más oscuro? Y el sobresalto cuando esos labios se abrieron y una lengua húmeda tanteó lo que hasta ese momento mantenías inocente.

¿Qué te puedo contar de la segunda? De saltos imposibles hacia los sueños. Coger impulso y volar hacia lo más ansiado. Podía ser el mar, el cielo de unos brazos abiertos o la soledad de una nueva aventura, pero siempre en blanco y negro; o todo o nada. Un horizonte por descubrir y las ganas de abarcarlo todo.

La tercera es la búsqueda del frágil equilibrio entre las responsabilidades de la madurez y los deseos por cumplir. A la izquierda, el brillo de la plata inconsistente que te llama a gritos, a la derecha, la vasta tierra que hay que cuidar para que de frutos.

Cuarta y quinta de gris espera. Los pies apoyados en el hueco que un día construí y del que es difícil salir porque se acomoda a la forma de la planta. Días de contemplar una playa lejana sin atreverte a volver a bajar para que te cubra la marea. ¿Diré que fueron malos tiempos? No. Simplemente, los cambios internos, pequeñas ondas de cambio, no tocaron la superficie, pero agitaron el fondo.

¿Y la sexta? Preparada para enfrentarse a lo que venga derrapando por el camino y sintiendo la grava desprenderse bajo sus pies. Más sabia, más libre. Sin miedo de ganar o de perder. ¡Así es la chica que me habita ahora!

—Señora, esto es un montaje fotográfico que viene con el marco.

—Quién sabe, pequeña, quién sabe…

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