Aparecieron muertas en la playa. La investigación concluyó que un solo disparo había matado a las cinco chicas. Unas semanas después, alguien las reconoció en una fotografía de Instagram, vestidas igual que el día que desaparecieron. En aquel retrato, un bonito contraluz, parecían felices, con el mar y el cielo al fondo.

El dueño del perfil de Instagram, un fotógrafo aficionado, admitió con orgullo ser el autor del disparo; aunque negó ser el asesino. Durante el juicio, que fue seguido en todo el mundo, el fiscal no pudo demostrar la relación entre el disparo y las muertes; y el acusado fue absuelto.

En las semanas siguientes, un número creciente de personas se acercaron al fotógrafo para solicitarle un retrato. Tantas, que tuvo que contratar a otros fotógrafos para dar a basto. Todos los retratados aparecían posteriormente muertos a causa de un solo disparo, como las cinco chicas.

La policía siguió buscando, sin éxito, pruebas acusatorias. Mientras, el fotógrafo, era invitado asiduamente a programas de televisión donde alababan su trabajo. Millones de clientes llamaban a su puerta, e intentando satisfacer a todos, inventó un palo largo que sujetaba la cámara y que permitía alejarla lo suficiente como para que una persona, o varias, pudieran fotografiarse a si mismas. Fue un éxito colosal, todos los espacios públicos se abarrotaron de personas con sus palos; y de cadáveres con un solo disparo.

Poco a poco, la gente dejó de necesitar fotógrafo. La policía abandonó la investigación y también terminó por olvidarle. Tras un año postrado en su casa, una mañana de abril, cogió la cámara, la colocó en el palo y salió a la calle. Unas horas después, su cadáver apareció, al lado de un bonito río, con un solo disparo.

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