Soy pianista y la música de Johann Sebastian Bach es mi alimento y el coral dieciocho de Leibniz, mi manjar. Sentado ante el piano siento que los dedos cobran vida propia y el aliento se acompasa. Cuando tras cada cena fría, cuando el silencio es opaco y la noche se hace dueña de mi cuarto mal ventilado, es entonces cuando dejo volar la imaginación y todo cuanto puedo expresar, brota entre mis manos. El maestro de pié junto a mí, susurrando: “bien, continúa, deja que crezca”. El tiempo y las molestias, desaparecen.
Está amaneciendo y se presenta un día duro. Cierro la tapa, preparo café y recuerdo que antes de salir, debo planchar el uniforme y limpiar mi arma reglamentaria.