Nos conocimos en un mes de agosto. Pasaba las vacaciones con mis padres, teníamos una casita heredada en San Pedro de Alcántara. Todos los años esperábamos con deseo el mes de agosto.
La playa, todo aquello era tan bonito, tan apacible, no hubiera deseado otro lugar en el mundo.
Éramos amigos, tus padres tenían una pensión en el pueblo, bueno, más bien tu madre, tu padre era pescador.
Tú esperabas con devoción mi llegada a San Pedro (Eso me lo confesaste después). Yo no te miraba como tú a mi, pero te miraba. Año tras año, agosto tras agosto. En el año 70 y… (no me acuerdo, tengo una memoria pésima) dejé de ir. Mi mundo había evolucionado hacia otros lugares. Hicimos un intercambio con unos amigos. Su hija fue con mis padres a San Pedro, y yo con los suyos a París.
Al año siguiente, cuando me viste, me miraste de tal forma que una gran ternura se apoderó de mi. Me confesaste todas tus emociones más íntimas, todos tus anhelos, todos tus sueños, en los cuales, yo era el motor. Era abrumador, era demasiada información en una solo ráfaga.
No te desanimaste. Al año siguiente estabas dispuesto a mudarte a mi ciudad. Solo te importaba yo. Y así, año tras año fuiste entrando en mi, suave, como yo quería. Sigues poniéndome esos ojos y yo sigo sintiendo esa ternura.
Pero ahora ya no eres el guardián de mi memoria, ya no me recuerdas las cosas, ya no oigo “¿Dónde tienes la cabeza? Si no fuera por mi…”
Tantos años siendo mi memoria y yo tu adorada olvidadiza, que me cuesta el cambio.
Poco a poco has ido olvidando lo mío y yo recordándote lo tuyo.
Esa mirada que me causaba tanta ternura se ha ido. Pero yo te recuerdo, recordaré tu mirada y recordaré tu dulzura.