– ¡Vamos, baja, atolondrada!

El olor a pescado mezclado con güisqui barato inundó la cocina.

– ¡Muévete!

Bajé la escalera con resignación y con gesto de autómata programado a base de años de repetición, saqué el cesto de la ropa sucia de una esquina.

– ¡Toma! –dijo Boris, “el araña”, dejando caer una bolsa con droga dentro-, ya sabes dónde llevarlo.

Cada quince días repetía aquel macabro ritual. Me obligaba a echar aquella droga en el lago y tras diseminarse hasta el pez más tranquilo se tornaba una piraña desquiciada. Una vez me negué a seguirle la corriente y Boris me dio tal paliza que perdí la visión de mi ojo derecho.

Cuando los animales enloquecían cerraban el lago y todos le compraban el pescado a él. Así se hacía rico ese desalmado.

Una mañana, Boris llegó arrastrando sus pasos de borracho hasta la casa. La noche anterior se había divertido golpeando a un perro que solía hacerme compañía. Le había dado con un palo hasta cansarse.

– ¡Noelia, baja aquí o perderás algo más que un ojo!

Inexplicablemente, nadie respondió.

Sobre la mesa de la cocina un periódico se agitaba con el viento. En la portada la noticia de un senderista muerto por el ataque de un zorro. Normalmente, esos animales sólo cazaban ratones aunque también se alimentaban de pescado.

– ¡Muévete, inútil!

Pero yo había abandonado la casa.

No sin antes darle un poco de agua contaminada al perro. No sin antes asegurarme de que se encontraran.

Cogí un libro, cerré la puerta y bajé a leer a la playa.

Al cabo de un rato comenzaron las sirenas. Y aunque su canto no venía del mar, para mí fue lo más dulce que había escuchado pues supe que sería la última canción que iba a oír Boris, “el araña”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *