He venido recordando el día en el que mi padre me dio tal paliza que acabé con un

diente partido y dos costillas fisuradas. Lo he tenido tan presente que parece que

acabara de vivirlo, como si lo tuviera delante.

Estoy echado en el suelo, sufriendo más daño interno que externo. Rabia, impotencia,

odio. Allá, a lo lejos, el dolor está creciendo en el costado y en la boca. Y aquí, tan cerca

que me ciega, la cólera me empuja a actuar. Sin pensar, me levanto y corro hacia mi

cuarto. De camino las lágrimas escapan de mis ojos. Una vez allí, cojo el petate que uso

en campamentos, lo lleno con lo primero que encuentro y salgo rápidamente. Me

escabullo de mi padre como puedo y, sin mirar atrás, atravieso el umbral del lugar que

he venido llamando hogar. Cuando llego al sendero siento como si me hubiese quitado

un gran peso de encima. Más tarde, tras andar un largo trecho, me topo con una

bifurcación en el camino. Ante la disyuntiva me quedo petrificado.

Esto fue lo primero que pensé mientras estaba echado en el suelo, a los pies de mi

padre. Después el miedo se apoderó de mí. Acto seguido me vino a la cabeza el hambre

y la sed, la falta de un lecho y la temible soledad. Ante estas imágenes no pude hacer

otra cosa sino quedarme quieto y dejar que la rabia, la impotencia y el odio siguiesen

golpeándome hasta dejarme indiferente. Aquél fue el momento en el que empecé a

volverme insensible ante la vida, el día en el que morí.

Y aquí estoy ahora, en mi último lecho, y soy incapaz de sacarme esas imágenes de la

cabeza. Se repiten con tal insistencia que, al imaginarme su final, solo siento alivio.

Porque no he dejado de pensar en aquel día, y en que tenía que haber seguido con mi

propia vida sin mirar atrás.

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