Pío pío pío. Cantan los pajarillos a la mañana. La montaña despierta a la luz y mira dominante al valle donde las chimeneas humeantes delatan el despertar de los excursionistas. En la calma del comienzo del día los animales se acercan al arroyo a beber. El rocío hace brillar los árboles anaranjados. El sol se va alzando sin pausa cruzado por algunas nubes que se retratan en movimiento sobre el suelo. Con la ligera calidez llegan las voces humanas que envuelven el sonido de los pájaros y de la brisa y, poco a poco, los aplastan. Los animales huyen. El grupo de coleópteros con mochilas, zigzaguean por la montaña. Ríen, cantan. Según ascienden ellos, descienden las nubes. Restos de comida y algún pañuelo distraído van marcando el rastro de su avance. Graznidos se interponen en el cotorreo de los humanos. Los pájaros se dispersan cada vez más oscuros. Los días otoñales son cambiantes en la montaña y a mediodía las nubes bajas se adensan. Los caminantes se van acercando al muro brumoso. Su cháchara es lo único que ya se escucha. Y esa bola gris ligera pero espesa los arropa, va disolviendo sus figuras, los acalla y los engulle sin compasión. Silencio. La montaña digiere encapotada.

La masa nubosa comienza a levantar y poco a poco va dejando atisbar al sol velado que comienza a descender. Vuelven los trinos, los animales regresan al turno vespertino en el arroyo. El sonido del viento se hace presente y mueve las ramas de los árboles. En el sendero hay una ristra de mochilas abandonadas. Cuando el sol cae, las sirenas de alarma suenan en el valle.

 

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