Sí. Prefiero que me mires desde atrás, caminando. De hecho siempre me he mostrado así, de esta manera. Siempre de espaldas, los hombros muy rectos a pesar del gran peso. Pero siempre de espaldas. Y siempre caminando.
De nuevo, entonces, me revelo ante ti, también cuando me marcho. Supongo que en parte es culpa mía que el amor no llegara. Comprendo que es difícil enamorarse de una espalda. Quizás, si me volviera, sería más fácil para ti quererme, y menos complicado para mí ser amado. Al fin y al cabo el corazón está en el pecho, y late fuertemente en el abrazo. Y nosotros en ningún momento nos hemos abrazado. Difícil abrazarse tú de frente, abierta y confiada, y yo de espaldas, con mi mochila grande de por medio.
Así y todo, aunque yo bien podría haber aprendido a girarme y mostrarme, elijo abandonarte e irme por el mismo camino en el que te encontré. O me encontraste. Sé que hubo un momento, un instante de duda, de esperanza. Ese instante en el que nos cruzamos. Tú avanzabas, y yo retrocedía. O simplemente retrocedíamos ambos. O los dos avanzábamos, quién sabe y hacia dónde.
Pero espera. A lo lejos diviso una espalda que me inspira. Si me acerco lo suficiente podré incluso tocarla con mi mano. Y por un breve instante, nada más alcanzarla, giraré brevemente mi cuello, si mi musculatura quieta me lo permite, y miraré su cara. Y quizás esa cara, con ese corazón que la acompaña, se enamore de mí. Y habrá amor ese instante preciso de mirada y mirada, antes que, de nuevo, le ofrezca yo mi espalda y siga caminando.